Desde niño siempre recuerdo a mi mamá, Esneda Mosquera Astie, decirme: “Cuando sea grande, usted va a ser arquitecto, pa’ que me construya una casa”. No fue un presagio, pero sí una frase que me enseñó a mirar. En esas palabras empezó mi relación con los detalles: las líneas de una pared, la luz entrando por la ventana, el color desgastado de una fachada, las texturas que cuentan historias.
No construí casas, pero aprendí a edificar memoria con la mirada. En la fotografía encontré la forma de sostener esa herencia: observar con atención, reconocer de dónde vengo y afirmar mi identidad en cada encuadre. Allí, en los detalles, sigo levantando la casa que mi madre imaginó, una hecha de luz, territorio y memoria.
Con el tiempo no estudié arquitectura; estudié diseño gráfico, y desde ahí encontré en la fotografía mi base, mi manera de mirar y de narrar. Tal vez por eso, cada vez que recorro los pueblos de nuestro Chocó, mi atención se posa en su arquitectura: en las casas, en los colores, en las calles de arena y barro que hablan de historia, costumbres y prácticas cotidianas.
En esas construcciones reconozco un lenguaje del ayer, hecho con dedicación y esmero, el reflejo de un pueblo que pensó su imagen desde el entorno, los recursos disponibles y los talentos propios. Cada detalle se convierte en memoria, y cada fotografía en una forma de escuchar lo que el territorio aún tiene por decir.