Es un borondo un caminar desde el sentir, sin la intención de contar únicamente la historia del o la fotografiada, sino de comprender por qué esa escena también me atraviesa. Cada fotografía nace de una experiencia compartida. No estoy afuera observando; estoy adentro, dejándome afectar. Lo que aparece en el encuadre no es solo un rostro, un paisaje o una acción: es el reflejo de una construcción de identidad que se va tejiendo mientras camino, mientras escucho, mientras pertenezco. La imagen, entonces, no narra solo al otro. Me narra a mí en relación con ese territorio. Es memoria que se activa, es emoción que se vuelve forma, es reconocimiento que se convierte en declaración silenciosa. De ese proceso de ese sentir profundo y constante emerge una esencia que sostiene todo lo que hago. No como consigna, sino como resultado natural de mirar desde el amor, desde la pertenencia y desde la afirmación de lo que somos.

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