Ir a la plaza de mercado, desde muy pequeño, fue una experiencia sensorial completa. Colores, formas, voces, texturas y rostros que desbordaban cualquier límite del andén donde uno crecía. Caminar entre la gente, cargar la canasta roja que mi abuela Ofelia Astie de Mosquera me confiaba, saludar, escuchar y mirar con atención fue afinando, sin darme cuenta, mi manera de percibir el mundo.
Ella sabía que me gustaba la doncella frita, y en esos gustos sencillos también había aprendizaje. Con el tiempo entendí que esos recorridos no eran solo parte de la vida diaria, sino una escuela temprana de observación que se quedó conmigo. Hoy reconozco esa experiencia como una herramienta viva en mi camino por el arte, el diseño gráfico y la fotografía.
Esa misma experiencia también ha sido una fuente constante de inspiración: de allí nacen historias, colores y formas de entender la imagen y la publicidad. Por eso, la plaza de mercado ha acompañado mis ocho años como docente en la modalidad de diseño gráfico en el Colegio Carrasquilla Industrial, y mis cinco años como docente universitario en la Universidad Tecnológica del Chocó, donde la he llevado al aula desde la fotografía, la teoría de la imagen y el diseño, como una manera de enseñar a mirar y crear desde lo propio.