¿Quién fue la intelectual Teresa Martínez, mamá del maestro Jairo Varela?

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Teresa Martínez de Varela, poestisa y dramaturga, mamá de Jairo Varela

Los médicos se negaban a darle esperanzas a la negra Teresa. El quinto de sus hijos se iría de este mundo, siendo apenas un bebé. La muerte azuzaba. Diagnóstico: gastroenteritis severa. Los graves problemas de agua potable que siempre han acosado al Chocó se asomaron con violencia a las entrañas del niñito que la mujer había parido el 9 de diciembre de 1949.

Ella no se resignó y con su pequeño en brazos desdeñó de la ciencia, se aferró a la fe y le habló de tu a tu a la Virgen de Fátima. Imploró sanación a cambio de una promesa desesperada: “Si salvas a mi hijo, él llevará tu nombre”. La Virgen cumplió. Y entonces, en la pila bautismal, el chico fue ungido con agua bendita bajo una gracia que no conoció la cédula de ciudadanía ni la fama mundial de su portador: Jairo de Fátima Varela Martínez.

Teresa exhumaba a cada rato ese recuerdo pedregoso para contarlo frente a la familia. Tantas veces, que se le quedó grabado a Martha Lucía, la menor de los seis hijos que la chocoana que hacía promesas de rodillas tuvo con Pedro Antonio Varela Restrepo, un comerciante de Quibdó que los abandonó cuando los Varela eran todos unos niños.

Martha, ahora mismo, esconde sus ojos tristes y de lágrimas recientes tras unos lentes pequeños. Habla con voz sedante, sentada en la Funeraria Los Olivos, al sur de la ciudad. La negra Teresa se fue para siempre el 16 de junio de 1998, a los 86 años. Jairo, el más célebre de los hermanos de la casa, hace apenas un día. Es jueves 9 de agosto. Jueves, como ese día en que el pelaíto que se hizo músico célebre fue salvado desde el cielo.

Sentada ahí, recibiendo a cada tanto el abrazo solidario de un amigo o conocido, Martha se aventura a decir que tal vez esa manera en que a su hermano pareció escapársele sin remedio la vida con solo días de nacido, fue la cuota inicial de esa conexión que uniría a madre e hijo de manera entrañable: “Jairo fue el que más heredó el temple de mi mamá y esa facilidad para narrar. Ella lo hizo con poesía, Jairo con canciones”.

No solo versos. Teresa escribía ensayos sobre folclor y política, novelas, biografías y obras de teatro. Incluso improvisaba anagramas, uno de esos juegos que permite el lenguaje, en el que se transponen las letras de una palabra o frase. Jairo Varela Martínez tuvo el suyo. Fue un regalo que le llegó en la niñez. Un regalo que visto hoy, 60 años después —con una orquesta renombrada, un centenar de canciones grabadas y 15 álbumes exitosos— suena a premonición: “Mi tierno rajá, tú fama verás”.

Es que Teresa Martínez de Varela escribía mucho. Y leía mucho. Era mujer instruida. Y muy pocos se atreven a negar que fue una de las grandes intelectuales del Chocó en el Siglo XX, aunque muriera sin conocer un aplauso justo.

En este país ocurren cosas así: la memoria colectiva ha dejado naufragar en la marginalidad, por décadas, el aporte literario de nuestros negros, de narradores innatos como Teresa, que justamente en los arrullos de los bogas que recorren río arriba las selvas del Pacífico, en sus danzas, en sus rituales y en sus músicas hallaron la salva nutricia de sus creaciones.

Úrsula Mena Lozano, pluma chocoana, se ha dedicado con devoción a esculcar esas letras. Y en ese recorrido tropezó, mientras investigaba sobre literatura romántica del Chocó, con unos versos sueltos de Teresa. “Era un poema de extraordinaria belleza, me deslumbró y despertó en mí gran interés, así que comencé a buscar más pistas sobre su obra. Cuando finalmente la conocí en persona, en 1994, sabía que estaba frente a una de las grandes intelectuales del Chocó”.

Úrsula acumuló largas horas grabadas de conversación con Teresa. Hablaron, claro, de tantos años perfumados de poesía. De cómo sacar seis hijos adelante siendo madre soltera. De qué era eso de ser negra y, para colmo, mujer (lo que equivalía a no poder ni siquiera votar) y, como si aquello no fuera ya mala suerte, enfrentar ambas cosas en una región como Chocó, hasta donde no llegaba en su época (ni ahora) el tufo del oh júbilo inmortal.

De esas horas de diálogo honesto no sólo quedó una biografía —‘En honor a la verdad’—, sino la confirmación —la certeza, mejor— de que la obra de esa mujer celebraba esa memoria de la África ancestral. Y, más importante que eso, un amor profundo por la palabra.

La obra de Teresa Martínez, lo entendió tarde este país es, como la de todos los intelectuales de su raza, la celebración del decir afro, tal como lo hacía el ‘griot’ africano, aquel narrador de cuentos, poemas y rapsodias de las tribus que poblaron el continente negro.

Teresa, la poeta

La poeta e integrante de la Academia Colombiana de la Lengua, Guiomar Jaramillo Cuesta, conoce bien las huellas literarias de la escritora quibdoceña. Un repaso rápido de su obra la lleva por las páginas de su primera novela, ‘Guerra y amor’, escrita en 1947, ambientada en los días de la Segunda Guerra Mundial.

Un libro que, según Martha Lucía, era una especie de deuda saldada con el Chocó, región en la que las noticias y periódicos llegaban tardíos: “Entonces, a través de esa novela, lo que hizo mi mamá fue enterar a toda su gente de cómo en realidad se desarrolló ese conflicto en la lejana Europa”.

En 1983 —agrega Jaramillo— Teresa publicó el que sería uno de sus textos cardinales, ‘Mi Cristo negro’, que recrea la pena de muerte impuesta a Manuel Saturio Valencia, el último fusilado del país. Como dramaturga, dejó para la posteridad ‘El nueve de abril’, sobre las llamas caóticas que encendió la muerte de Gaitán en 1948, así como ‘Las fuerzas armadas’ y ‘La madre fósil’.

De su larga carrera de letras, hacen parte dos publicaciones poéticas: ‘Pirotecnia de la fe’ y ‘Alucinaciones o dimensión desconocida’. Una autobiografía y obras musicales: la ópera ‘La virgen loca’, un pasodoble para Bogotá, boleros que nunca llegaron al acetato, villancicos y misas de Navidad.

Parte de esa producción poética fue recogida por Guiomar Jaramillo en uno de los tomos de la Biblioteca Afrocolombiana, editado por el Ministerio de Cultura en 2010. Se llama ‘Antología de mujeres poetas afrocolombianas’, que contiene siete páginas dedicadas a desentrañar los temas y raíces de los versos de Teresa Martínez.

A Úrsula Mena, que conoció a la poeta ya de 81 años, le sorprendió hallar a una mujer absolutamente lúcida. Dueña por completo de sus recuerdos, con una memoria sin fisuras. Tanto le impresionó su carácter y su factura literaria, que un par de años más tarde editó ‘Cantos de amor y soledad’, lo más completo que se conoce de esa negra de temperamento sanguíneo y voz estentórea.

Esa compilación la ha estudiado Santiago Pizza Varela, nieto de Teresa, un joven de 20 años estudiante de cine y comunicación digital, que dice deberle a su abuela su gusto por narrar. “En ese libro descubres que Teresita contó su vida con versos, desde que era una muchacha en Quibdó, cómo emigró con los suyos a Bogotá, sus sueños y frustraciones”.

Es que Teresita —así la llamaban todos— era cosa seria. Gloria Caicedo, otra de sus nietas, evoca esa lucha poderosa de la doña para que en su familia no se escucharan malas palabras y se apreciaran los libros.“Cuando veía algún nieto sin hacer nada, ocioso por ahí, lo llamaba para leerle uno de sus textos. ¡Y ay del que no pusiera atención! Después tomaba la lección y reprendía a quien no hiciera una buena compresión de lectura”.

Así fue siempre Teresa. Amorosa, pero férrea. En casa fue tan necesario el cariño, como necesaria fue la disciplina. Fue una mujer adelantada a su época que despertó muy joven del sueño ‘dogmático’ de que el único destino de la mujer era la cocina. Así que no se la imagine como la típica matrona chocoana que se inmolaba a diario preparando delicias para sus seis chiquillos o esperando hasta el atardecer a que el marido llegara con el pargo para la cena.

No señor: gracias a jesuitas amigos de su padre, la negra Teresa se hizo maestra en el Colegio Pío X de la Cartagena encopetada, donde solo tenían pupitre asegurado las ‘niñas bien’. Las Dangond, las Zubiría, las Román. “Y como yo era la niña maluquita, la diferente” —solía decir— no me costó trabajo destacarme”. La negrita, pues, a los 13 años ya daba discursos, y no se marchó del colegio hasta no aprender inglés y francés.

Fue la misma que escuchaba radio y aguardaba con inquietud casi infantil las escasas revistas y periódicos provenientes de la capital que llegaban en los aviones que acuatizaban sobre el Atrato. La doña leía a Cortázar y recitaba a Borges, entre otras cosas porque su padre, Eladio, era dueño de una biblioteca de miedo. La doña hablaba con propiedad del ‘Boom’; se sentía influenciada por las letras de Víctor Hugo y su novela ‘Los miserables’. Siempre inquieta, en el 54 —recuerda Úrsula— alzó su voz en plaza pública contra la desmembración del Chocó, propuesta impulsada por el entonces presidente Gustavo Rojas Pinilla.

Pese a esa probada vocación intelectual, “la crítica literaria local nunca fue benévola con ella, eso le dolía mucho; cuando en sus años de madurez veía las gavetas de su escritorio repletas de manuscritos que nadie publicaba, se sentía incomprendida. Tuvo cierto reconocimiento como poeta, pero no tanto como para que la posteridad le reservara un puesto en las letras nacionales. Eso fue después”.

Lo de admirar, advierte de pronto Martha Lucía, es que su madre nunca dejó de inculcarles a sus hijos “ese amor que ella sentía por el arte y la convicción de que nadie tenía por qué interponerse en los sueños de los otros”.

Es que esa mamá no la tuvo fácil. A sus hijos les hablaba de lo duro que fue ser negra. “Una condición que la confrontó, ella en realidad se creía a sí misma una mulata, pues mi abuelo fue negro y mi abuela una blanca hija de españoles”.

Desde que se asomó ante el espejo de sus primeras vanidades, sintió la discriminación en dos orillas: ni era lo suficientemente blanca para aspirar a un colegio de monjas, ni lo contundentemente negra para ser convidada a las fiestas del barrio. “Es curioso, pero de pequeños a nosotros no nos dejaban jugar con niños de color. Nadie en esa época hablaba de orgullo afro. Y mi mamá, de alguna forma, fue víctima de eso: sufría por su pelo apretado y buscaba alisárselo a punta de peinilla calentada al carbón”.

La fama de que en el barrio Roma vivía una mujer de ‘costumbres extrañas’ se regó pronto como mala noticia y a los niños Varela comenzaron a llamarlos “los hijos de la loca”. Teresa, la férrea Teresa Varela, no se arrugó ante las lenguas desdeñosas y subió el volumen de su rebeldía: comenzó a usar vestidos y zapatos de colores que copiaba de revistas de moda francesas.

Tuvo que escoger y nunca se arrepintió: prefirió la máquina de escribir al delantal. “De hecho, nunca aprendió a cocinar”, reconoce su hija. Cuando todos buscaban que ella se resignara a ser ama de casa, la negra se salió con la suya y alcanzó a ser directora de la Normal de Istmina y de la Normal de Señoritas de Quibdó. Dejó a todos callados.

La relación con Jairo

Ahora que lo piensa, Martha Lucía cree que Teresa se aseguró de que esa rebeldía quedara en la sangre de Jairo, el hijo que se hizo músico.

Fue una lección aprendida. Rebelde fue Jairo porque cuando nadie en Bogotá hablaba de salsa, él tocaba sin pudor a las puertas de las disqueras con su trabajo ‘Al pasito’. Rebelde porque no comió cuento de que era imposible poner a conversar la salsa con los ritmos del Pacífico y rebelde porque, tal como su madre lo hizo un día, dejó de creer en los médicos que le advirtieron sobre sus arterias tapadas e infartos agudos , y se aferró a su santa patrona: la música.

Jairo contó en vida que su vocación de artista la selló para siempre la negra Teresa cuando, en medio de la estrechez económica, lo premió con una guitarra cuando él contaba 8 años. Cuando lo dejaba escuchar a placer, desde un balcón, los cantos religiosos que entonaba desde la catedral el padre Isaac Rodríguez, uno de esos sacerdotes que amenazaba con el fuego eterno.

El creador del Grupo Niche tampoco negó que su talante de compositor se lo debiera a ella “porque aprendí a leer con el látigo, como a los 5 años, no porque fuera precoz, sino por mi mamá, una humilde escritora”, como le confesó en 2005 a la periodista Alda Mera.

Quizá Jairo Varela no leyera todos los libros que su mamá hubiera deseado. Pero de ella aprendió a convertir en lírica los tormentos del corazón, las injusticias, las ciudades que se abrieron de puertas generosas.

Para el investigador musical Pablo del Valle, Jairo, más que un poeta, fue un hombre que aprendió de su mamá a abrevar sus canciones de la vida cotidiana. “Cuando quería resaltar las virtudes de su raza nos ponía a cantar hay ‘Mosquera blanco y hay Mosquera negro’; cuando nos quería poner nostálgicos llegaba su coro ‘ya vamos llegando, me estoy acercando’; nos hacía viajar hasta el Pacífico con ‘Mi negrita y la calentura’. Y cuando quería hacernos reflexionar sobre la injusticia nos hacía escuchar ‘A prueba de fuego’. Así que su verdadero talento consistió en hacer de sus vivencias una gran canción”.

Puede que sí. Ley Martin, locutor y amigo de Varela, prefiere evocarlo como un poeta que hizo música en un cuaderno. Mientras que Ricardo Vicenty, el amigo que vivió junto a él las noches difíciles de la fría Bogotá, prefiere desmentir el rumor que hizo carrera tanto tiempo: que era la negra Teresa quien componía las canciones de Niche.

“Quienes decían eso desconocían la tenacidad del Jairo compositor, un tipo que tuvo el ‘descaro’ de despertarme una madrugada de 1981 para que escuchara un estribillo recién escrito por él: del Caney al Boulevard, amigo dos pasos, ahí llegamos al piñal, luego nos tapiamos”.

No hace falta la explicación, de eso está segura Martha Lucía: la negra Teresa, la poeta, la dramaturga, la novelista, la mamá que impartía por igual amor y disciplina, no habría tolerado que un hijo suyo no brillara con luz propia.

Fuente:http://www.elpais.com.co/elpais/cultura/noticias/quien-fue-intelectual-teresa-martinez-mama-jairo-varela

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