En el Pacífico también se hace pesca responsable

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El programa beneficia a 850 pescadores Bahía Solano (foto), el Baujo Baudó, Valle del Cauca

Mario Garcés añora esas épocas en las que se adentraba en el mar y volvía a aparecer con media tonelada de pescado cargada al hombro. Fue hace apenas cinco años: prendía su lancha, tomaba sus redes, embarcaba las provisiones y se iba una semana entera de travesía. Cuando encallaba de regreso, se le veía salir con el sustento para su familia entre las mallas. Kilos de corvina, merlusa, pargo, mero o langostino estaban a la orden del día.

De esas faenas le queda la nostalgia pero también una preocupación amarga. Hoy, dice, no alcanza a hacerse ni a las cien libras. “Es la prueba del impacto que hemos tenido sobre nuestros recursos naturales. La sobrepesca irresponsable nos afectó”, concluye. Oriundo de Purricha, es uno de los 60 habitantes de este corregimiento del Bajo Baudó, al suroccidente del Chocó. Allí la población ha sido testigo de la disminución acelerada de muchas de las especies de pescado de las que ha dependido su subsistencia durante generaciones: cada vez tienen que ir más lejos a pescar y regresan con menos. “El camarón es una rareza por estos días”, suelta Garcés.

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La estrategia ya cuenta con cinco asociaciones que reúnen a 850 pescadores artesanales del Pacífico. Archivo particular

Nada alentador para una población que depende exclusivamente del mar.

A Purricha, por ejemplo, solo se llega vía marítima. No hay carreteras de acceso y su gente debe tomar una lancha que sale desde Pizarro, la cabecera municipal.

La casa de Mario es un rancho instalado en la playa con una tienda de abarrotes donde la brisa del Pacífico golpea con fuerza y aplaca los 34° de temperatura que alcanza esta región de manglares, estuarios, selvas vírgenes y pantanos.

“El mar para mí significa mucho. No quisiera seguirlo estropeando de la manera en que se viene haciendo. Por eso le digo a mis compañeros que hagamos el esfuerzo de hacer una pesca responsable y bien hecha, para que el mensaje se transmita de lancha en lancha”, señala.

Manuel Gómez, otro pescador, comenta que “esa pesca bien hecha” a la que se refiere su compañero se traduce en un cambio de comportamientos: ya no pescan en el manglar sino que se van mar adentro, cambiaron sus mallas por unas de ‘ojo’ grande que dejan escapar los pescados más jóvenes y retienen solo a los adultos, usan cierto tipo de anzuelos para ser más selectivos con sus presas y ya no se permiten atrapar especies como el mero, el tiburón o las tortugas carey.

Ambos conforman hace 9 años la Asociación de Pescadores de Purricha (Aspepu) que cuenta con 25 socios comprometidos con la sostenibilidad de su oficio y la protección de la biodiversidad de su región.

Un compromiso que este año los llevó a ser una de las asociaciones de pescadores del programa Ecogourmet, una alianza entre Fondo Acción y Conservación Internacional con el apoyo de la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca (Aunap) que busca, desde el 2012, financiar proyectos con un modelo de negocio sostenible y equitativo en su cadena de valor. La estrategia ya cuenta con cinco asociaciones que reúnen a 850 pescadores artesanales provenientes de regiones como Bahía Solano, el Bajo Baudó, el Valle del Cauca y Nariño. Se trata, en su mayoría, de población afrocolombiana entre los 25 y los 60 años, con altos índices de necesidades insatisfechas, algunos de ellos analfabetas y madres cabezas de hogar.

A ellos se suman seis restaurantes seleccionados de Cali y Bogotá que buscan establecer alianzas comerciales con esas asociaciones y convertirlos en sus proveedores directos bajo criterios de comercio justo, al tiempo que incentivan entre sus clientes el consumo responsable, lo que incluye la eliminación de sus cartas de ciertas especies en riesgo.

Una estrategia que resulta pertinente cuando se conoce el informe ‘Planeta Vivo, Océanos’ que acaba de publicar el Fondo Mundial para la Naturaleza WWF, el cual advierte pérdidas de hasta el 74% de las familias de peces para consumo humano en el mundo. “En una sola generación –subraya el estudio- la actividad humana ha dañado gravemente el océano capturando peces más rápido de lo que pueden reproducirse, mientras se destruyen sus zonas de alimentación”. Y entre las medidas para revertir esta tendencia, la WWF insta a consumir de una forma responsable y dar prioridad a la sostenibilidad de la pesca.

Los convocados

De 19 asociaciones que se postularon a la segunda convocatoria de Ecogourmet, estas cinco comunidades fueron seleccionadas por ser organizaciones legalmente constituidas, por haber adoptado prácticas de pesca sostenible que incluyen, entre otras, la no pesca en áreas protegidas, la captura exclusiva de especies adultas y la protección de aquellas que están en peligro de extinción. Así mismo, el programa evalúa la oferta de productos que pueden poner a disposición de los restaurantes aliados y la propuesta de mejoramiento que las asociaciones de pescadores presentan según sus necesidades.

Para esto, Ecogourmet aporta recursos por hasta 60 millones de pesos que cada asociación puede invertir en infraestructura o compra de insumos y herramientas.

En Purricha, por ejemplo, Asopespu logró, a través de Ecogourmet, hacerse a su propia planta eléctrica para garantizar la cadena de frío de sus productos y no depender de la del pueblo que solo funciona tres horas al día.
Además van a adquirir ocho lanchas con motor dotadas cada una con anzuelos, trasmallos y cavas, cuando antes solo tenían una para los 25 socios. Así podrán garantizar volúmenes de pescado para vendérselos de manera directa a los restaurantes aliados, sin intermediarios y a un precio justo para ambas partes. “Ecogourmet nos motiva a hacer una pesca responsable y racional pero también se preocupa porque mejoremos nuestros ingresos. Sin intermediarios, vamos a obtener mejores precios por kilo y nuestra calidad de vida mejorará mucho”.

Lo dice Manuel Gómez respaldado por el ejemplo de sus colegas de Redefrío, una asociación de pescadores de Bahía Solano, que fue la primera comunidad en trabajar con Ecogourmet.

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Sandra Osorio trabaja con la Asociación Los Piqueros, de Bahía Solano. Archivo particular

A ellos la iniciativa les permitió convertirse en proveedores de la cadena de restaurantes WOK y pasar de vender un kilo de pescado en 2.500 pesos a recibir 22.000 pesos. El efecto ha sido un gana-gana.

Si antes ese restaurante compraba un kilo de pescado importado hasta en $100.000 ahora puede adquirir el mismo producto, de origen local, en esos $22.000 que le están mejorando la vida a una familia pescadora en el Pacífico.

Testimonios

‘Mejor pescar poco y vender bien’

Sandra Osorio Rentería

Ser una empresa que cuida el medio ambiente mientras mejora la calidad de vida de sus asociados. Esa es la visión que ahora tiene la Asociación de Pescadores Artesanales Los Piqueros. Conformada por 25 miembros, cinco de ellos mujeres, se trata de una comunidad que habita el caserío de El Valle, en Bahía Solano y una de las cinco beneficiadas del proyecto Ecogourmet.

“La asociación ha comprado anzuelos, motores para las lanchas, balastras -unas luces para faenas de pesca nocturnas- salvavidas, guantes y tapabocas para la manipulación del pescado”, dice Sandra Osorio Rentería. Aunque hasta ahora la pesca había sido solo para el consumo local, porque no contaban con clientes, la mujer ve grandes ventajas en la asociación comercial con los restaurantes de Cali y Bogotá.

“Gracias a esta iniciativa hemos entendido que no es el que más pesque sino el que mejor lo haga: de nada nos sirve sacar mucho pescado si no logramos comercializarlo porque el sol lo daña y toca botarlo. Es mejor traer poco, venderlo bien y no hacerle daño al medio ambiente –agrega Sandra- eso nos garantiza que nuestra actividad va a ser sostenible en el tiempo, al igual que la reproducción de las especies”.

Esfuerzo pescador

En Santa Bárbara de Iscuandé, (Nariño) existe desde hace 10 años el Consejo Comunitario Esfuerzo Pescador. Son más de 2.000 personas, unas 512 familias “que dependen de la pesca y la recolección de moluscos, como la piangua” como lo explica Carmelo Castillo.

El hombre es uno de los 45 pescadores de esa comunidad, que hacen parte del programa Ecogourmet. Con la llegada de la iniciativa a ese territorio, hace casi un año los pobladores han dejado de usar ciertos anzuelos para evitar la pesca incidental de tortugas; solo recogen pianguas adultas y cortar un mangle se ha convertido en una práctica impensable.

Además, ya compraron una embarcación para sacar el pescado de la región. “Ya hemos hecho balances para saber cuánto nos cuesta poner un kilo en Bogotá. Hasta ahora les vendíamos a intermediarios que llevaban el producto hasta Buenaventura y se aprovechaban de nuestro trabajo. Ahora, tenemos conexión directa con restaurantes de grandes ciudades”, relata Carmelo.

Fuente:http://www.eltiempo.com/multimedia/especiales/huella-social-en-el-pacifico-tambien-se-hace-pesca-responsable/16395414

 

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